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Exposición Rafael Navarro y Antón Castro 'Mujeres soñadas' en Zaragoza, Galería A del Arte

 
Finalizado
Exposición Rafael Navarro y Antón Castro 'Mujeres soñadas' en Zaragoza, Galería A del Arte

Lugar:
Galería A del Arte, Fita 19, Zaragoza

Horario:
Martes a viernes de 17 a 20:30h. Sábados de 11 a 14h.

Fecha:
Del 4 de Abril al 4 de Mayo de 2018 

Precio:
Entrada gratuita

Valoración usuari@s:
Sin Valorar

Exposición Rafael Navarro y Antón Castro 'Mujeres soñadas' en Zaragoza, Galería A del Arte-Exposiciones Zaragoza

Fotografías de Rafael Navarro con relatos de Antón Castro.

Éramos adolescentes. Os recuerdo a las tres: Estrella, Anabel y Rosita. Rosita era la más joven, una locuela infantil, morena, de una belleza aún salvaje, como una potrilla sin desbravar: lo mismo se enfurruñaba y lloraba una hora entre las rocas que exhibía su alegría y cantaba en medio del oleaje, como si el mar, el cielo inabarcable y el mundo le perteneciesen solo ella. Estrella era la mayor, vivía en Madrid y solo pasaba con vosotros dos meses de verano. Parecía una actriz de cine: acababa de ver en el Cine Real de mi pueblo El Gatopardo de Lucchino Visconti y tenía muy clara la imagen de Claudia Cardinale, tu hermana mayor se parecía a ella. Te diría que casi en todo. En su rostro agitanado, en su cabello negro, en sus andares e incluso en su madurez: parecía una mujer experta en amantes y en noches de seducción. Como quien está siempre dispuesta al arrebato.

A mí me sucedió como a todos: perdí la cabeza por ella, quizá nunca me hubiese enamorado antes. Y Estrella, de veras lo creía, me dio alas. Colocaba su toalla al lado de la mía y me preguntaba por todo: si le quedaba bien el nuevo biquini, si la había echado de menos durante el otoño y el invierno, si ya tenía novia. Un día trajo el primer libro de poemas que yo había visto nunca: las Rimas de Bécquer. Fueron la lectura de una semana completa. A veces se tumbaba boca abajo y leía con comodidad; otras veces se tendía de lado hacia mí. Tan segura estaba de su cuerpo y de su hechizo, que también leía con los senos hacia arriba. Alguna vez pensé que su cuerpo y sus pechos palpitaban al unísono de sus palabras y del trallazo constante del mar.

Al cabo de unos días trajo otro libro: La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre. Me dijo: "Supongo que ya lo sabes. Te lo habrán contado en el cine o en esas reuniones de noche de chicos solos que tenéis al lado del lavadero, entre las fogatas. Me he liado con Carmelo, tu primo, el de Bello. Besa como si fuese a morirse en el mar". Carmelo era marino. Oculté mi decepción. Y entonces, en medio de aquel primer desgarro (la palabra decepción resultaría aquí blanda), sucedió lo inesperado.

Quizá te preguntes: "¿Por qué me cuentas esto ahora?". La verdad es que nunca me había fijado en ti. Estrella lo dominaba todo y reducía no solo la voluntad sino la capacidad de ver. Yo te veía sin verte. Eso es lo cierto. Como si fueras un accidente del paisaje, un matorral del bosque, una presencia casi invisible o, como mucho, una belleza suave de ojos claros. De repente, mientras merendábamos te diste la vuelta para coger agua, cerveza o buscar más chorizo para el bocadillo. Y vi tu cuello, el pelo resuelto en una trenza rubia, la espalda tamizada de un vello dorado, la piel clara, sumamente olorosa como una exhalación de frutas o de hierbas. Y te dije: "¿Por qué no nos vamos a la roca a ver si podemos coger algún cangrejo?". Me miraste con más perplejidad que otra cosa y dijiste: "Vamos". Cuando estuvimos en aquella especie de poza, solos, añadiste: "Yo los poemas me los sé de memoria. Y hace días que te reservo uno: Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua y el acento / que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de aliento. Es de Federico García Lorca".

Pocos días después se acabó el verano. Un domingo, en el vermut, te acercaste a mí y me cogiste de la mano, ante el pasmo general. "Estrella ha decidido quedarse y ahora soy yo la que se va a Madrid. Empiezo una nueva vida. Mis tíos me necesitan en el supermercado". No he vuelto a verte, ni he sabido de ti hasta que te has convertido en una bailarina famosa, pero nunca he podido olvidar aquella trenza rubia que descendía por tu espalda hacia el bañador.

(Antón Castro)

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