Fiestas de Huesca

Seis toros casi domésticos de Zalduendo en la plaza oscense

CARMELO MOYA (RedAragon)
12/08/2010 - 0:00 h.
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Un Juli muy resolutivo y una gran estocada de Manzanares, lo único destacable en la segunda de feria.

No es mentira. Ayer se concedieron tres orejas, sí. Pero de broma. A pesar de ese balance, la corrida fue un auténtico tormento. Parece mentira que para juntar un sexteto de torillos sin apenas cuernos, sin apenas carnes (lo de la tablilla mueve al mosqueo, lo importante son las canales que cante el carnicero, eso no miente), sin nada de raza, sin ninguna condición física y algunos con los cuatro añitos cumplidos recién que diría un mejicano, haya que mover camiones para arriba y para abajo como han circulado estos días por Huesca.

Ese muestrario de borreguetes febles y tambaleantes fue al caballo de trámite. Apenas se les picó; acupuntura acaso. Capotes arriba y muchos cuidados. Escarnio público para el ganadero. Aunque, como decía el otro: que no cunda la calma. Esto está montado así, no passssa ná. El ganadero cría lo que las figuras quieren y demandan.

Ayer, el triunfador de la última feria de San Lorenzo (Manzanares) y una figura como El Juli no fueron capaces de meter mucho más de media plaza sobre un aforo de 4.500 asientos o así. Esta es la fuerza que tienen a 11 de agosto de 2010. Lo demás son novelas.

Y, por si fuera poco, un Finito que nadie sabe por qué está en esto a estas horas si no es con el propósito de abrir carteles casi de convidado cuando ha podido firmar un honroso y brillante final de su carrera taurina dejando otra huella en el aficionado. Él sabrá. Su actuación de ayer, así, al peso, no pasa de ser una excusa formal para conformar una función estandar de tres espadas. Patético el torillo primero, casi siempre por los suelos y más de lo mismo el otro, o sea él, revoloteando sin objetivo fijo, siempre por ahí. Guay, otra de gambas.

Más vivo y con reflejos El Juli en su primero, al que le anduvo con la gorra, casi sin despeinarse. Como le dejó media estocada y el negro hizo tierra a la de tres, Antonio Riva, atendiendo al graderío, sacó el moquero. Y como el día estaba de ofertas, el espadazo que le recetó a su segundo le sirvió para volver a tocar pelo tras una labor en la que, sin tener toro, hubo de tirar de juegos de manos, que eso siempre gusta. Un fenómeno. Gloria bendita para sus clientes.

Lástima que un muy predispuesto Manzanares no encontrara toro. Apenas si pudo insinuar su vena artística, su gran clase. Aunque, a cambio de ello y como remate a una tarde que pudo ser, dejó un espadazo que será recordado en Huesca durante todo el invierno, que es cuando de verdad se te ponen los pelos de punta- de frío. Porque, por aquí, emoción, emoción, con lo de ayer, es imposible.

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