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Fusilados en Zaragoza (1936-1939): tres años de asistencia espiritual a los reos

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Gumersindo de Estella, fraile capuchino en el convento de Torrero, prestó atención espiritual a los reos del bando republicano fusilados en las tapias traseras del cementerio. El fraile se encargó de anotar en un cuaderno sus experiencias diarias: la llamada del director de la cárcel, la recogida con el coche del médico del penal a las 4.30; el encuentro y conversación con los reos, la porfía, muchas veces en vano, para que se confesaran; su salida en busca del pelotón; su última asistencia y la descarga.

Los historiadores capuchinos Tarsicio de Azcona y José Angel Echevarría se han encargado de la edición del libro, por el que desfilan datos estremecedores: "Ya antes de las cinco de la mañana del día 22 de septiembre de 1937 subíamos a la prisión el padre Víctor y yo en el auto del médico.
-¿Cuántos hay para ser ejecutados hoy-, pregunté al entrar
-Tres mujeres y un hombre-, fue la contestación.
No pude contener un gesto de extrañeza y desagrado... Se llamaban Celia y Margarita ...la tercera era una jovencita por nombre Simona..."

El relato entra en el momento en que, tras escuchar sus sollozos desgarradores, se abre una puerta y las ve. Las dos mujeres llevaban a dos hijitas de pecho en sus brazos y no se querían desprender de ellas. El fraile describe cómo vestían, lo que decían, las conversaciones, el momento de arrancarles de los brazos a las niñas y aquella frase de la joven Simona al saltar del camión junto al cementerio: "Ya quedarán quienes vengarán nuestra muerte".

El Padre Gumersindo ve con pena un retrato de Franco sobre el altar de la capilla en la que invita a oir misa a los reos y siempre anota su reproche: "No quiero confesarme a una religión que me mata". Los testimonios se suceden escalofriantes, intercalados con reflexiones que se hacía en aquellos momentos el sacerdote, triste por la toma de postura de una Iglesia a favor del bando que ordenaba aquellas muertes, sin defensas, juicios ni garantías.

 
Opinion de los usuarios

Hay 1 opinion acerca de Fusilados en Zaragoza (1936-1939): tres años de asistencia espiritual a los reos. Se listan del 1 al 1:

  • Gumersindo de Estella
    Miguel Carlos A (21/2/2018 11:30:30)

    Valoración: 5 0 none

    “ El alemán Karlheinz Deschner, a juicio del historiador W. Stegmüller el crítico de la Iglesia más importante de nuestro siglo, nos presenta una historia del cristianismo mediante un exhaustivo cúmulo de datos y fuentes. Es la historia ocultada a lo largo de los siglos. No es la historia del ditirambo al amigo y al interés, su historia es La historia criminal del cristianismo en doce tomos. Y reitera con frecuencia en sus libros una idea: la Iglesia diviniza lo que va en su provecho, anatematiza y demoniza lo que se opone a sus intereses, sean estos el Evangelio, los hombres o la ciencia. Tras cincuenta años de ocultación y retraso una editorial aragonesa edita las Memorias de la asistencia a los condenados a muerte del capuchino Gumersindo, entresacadas de sus Diarios: “Fusilados en Zaragoza 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos”. Su diario es un relato de guerra y ejecución bestial; duro pero real. Un trozo de esa historia de la que nos habla Deschner. Ya antes, en 1959, quien fuera párroco de Alsasua en el 36, Marino Ayerra Redín, había levantado la manta del horror con su libro clandestino “No me avergoncé del Evangelio”. En esa pelea entre Evangelio, Iglesia y razón Ayerra abandona la Iglesia y se refugia en la razón sin renunciar al Evangelio, Gumersindo hace un tutti fruti, que le crea gastritis porque su vida no aguanta la contradicción. Como los viejos paganos, como Esculapio, Apolonio de Tiana o Mahoma, pero ahora con ritos y ungüentos católicos, el P. Gumersindo ayuda en la cárcel de Zaragoza a bien morir al condenado a muerte por la Santa Cruzada. ¡Es cierto, les tocó en suerte años duros para lidiar la vida con dignidad! Como dirá Gonzalo Puente Ojea en su libro Mi embajada ante la santa Sede la cuestión que entonces se plantea a la Iglesia no es si es justo matar a tanta gente, sino la posibilidad y forma de administrar la entonces llamada extrema unción a los cientos de condenados a la máxima pena por los tribunales militares. El famoso moralista Regatillo aconseja ungirlos entre la primera descarga y el tiro de gracia. ¡Macabra actitud para gente con una miaja de bondad en el corazón! Casimiro Saralegui, a quien le tocó vivir y padecer el golpe militar, termina escribiendo al fin de sus días “Vivencias y recuerdos de un cripto” para tranquilizar su conciencia revuelta y dar testimonio de lo que ocurrió por entonces. ¿Por qué ahora, cincuenta años más tarde, las Memorias de Gumersindo de Estella? ¿También para tranquilizar la conciencia? ¿Esprintando para que otros no se adelanten? Estamos sin duda ante un escrito errante, que Gumersindo quiere conservar e imprimir despistándolo, entre vericuetos y laberintos, del poder destructor de unos superiores afectos al régimen que lo persiguen. Para ello este fraile viejo, más sumiso que libre, salva su conciencia depositando sus escritos en manos ajenas y amigas. “Iniciada la guerra civil, escribe Jimeno Jurío, los superiores jerárquicos de los capuchinos impusieron fuerte disciplina en los conventos del País Vasco. El sector más integrista y totalitario, encabezado por los navarros Carmelo de Iturgoyen, definidor general, y Ladislao de Yábar, provincial de Vasconia, emprendió violenta campaña contra “rojos y “separatistas”. La persecución se tradujo en destierro de religiosos a Zaragoza, Sevilla, Salamanca, Francia, Inglaterra, Chile y Argentina...., entre las víctimas Jorge de Riezu, Dámaso de Inza, Hilario Olazarán, Tomas de Elduayen y Gumersindo de Estella”. El propio Martín Ayerra, en un Alsasua que se desangraba bajo falangistas y requetés a las órdenes del atildado y católico comandante Solchaga, sintió repetidas veces vergüenza y sonrojo al ver cómo el propio superior del convento de los capuchinos del pueblo, el fraile Ildefonso de Ciáurriz, incitador de odios, venganzas y exterminio contra los “rojos”, arengaba desde el púlpito a los matones del entorno y denunciaba ante las autoridades al párroco Ayerra por mostrarse poco entusiasta con la Santa Cruzada: “Militia est vita hominis super terram!, peroraba, ¡La vida del hombre es un permanente estado de guerra contra los enemigos de Dios! ¡No, la guerra no ha terminado!”. Los dos historiadores, coordinadores de la edición, los capuchinos Tarsicio de Azcona y José Ángel Echeverría despachan el perfil “más bandeado del P. Gumersindo... admitiendo en él una propensión y tendencia filonacionalista, no aguda ni externa, sino interna y reprimida, sobre todo por convicción religiosa y quizá por cierta repulsión del integrismo y de la intolerancia”. A la luz de esta síntesis se comprende la tardanza, tienen poco que decir, no se atisba dudas en sus conciencias y se entiende el sprínt por arrebatar el micrófono a otros. A la vista del encuadre de las Memorias de Gumersindo los capuchinos ni reconocen la represión y daño causado en algunos frailes de entonces de sentimientos nacionalistas, ni su contribución en el golpe militar y, por ende, en el dolor y derramamiento de sangre. De nuevo tiene razón Karlheinz Deschner. Este ambiente espeso entre frailes lo cuenta en su Memorias el P. Gumersindo: “El día 15 de agosto de 1936 el mismo P. Ladislao, presidiendo la comunidad de Pamplona, compuesta de más de setenta religiosos, dispensó el silencio diciendo con visible regocijo: “Hoy comeremos gallinas requisadas en Guipúzcoa por nuestros valientes requetés”. ¡Y en la comunidad había muchos religiosos guipuzcoanos, los cuales palidecieron al oír la noticia dada por el padre...! ¡Qué padre para ellos...! Uno de los guipuzcoanos no quiso probar aquella vianda robada quizá a su propia madre. No me fijé en los demás. Yo no aplaudí. En mi rostro leyó el P. Ladislao mi disgusto”. El porqué de largos años de huida y vagabundeo de unas Memorias, que golpean puertas ajenas huyendo de unos superiores que las persiguen para destruirlas, hay que seguir buscándolo no en la introducción del libro sino en otra parte, en otros libros y otras gentes, que sí han dedicado páginas y esfuerzo. Las Memorias de Gumersindo de Estella siguen necesitadas de prólogo, escribí entonces. Con el merecido homenaje en Zaragoza cabe puntualizar: creo que los originales no están perdidos. A mí por vericuetos torcidos y huyendo de los superiores, que según Gumersindo temía que los hicieran desaparecer, me llegaron en copia de papel cebolla. De acuerdo con el fraile Miguel Angel Cabodevilla se pasó a papel normal para editarlos. Condición impuesta por Gumersindo era que la introducción la hiciera un sacerdote y hablamos con el historiador Arbeloa, por entonces creo Presidente del Parlamento Foral de Navarra, con dos condiciones: que no dijera nada a los frailes y que su introducción fuera breve. Arbeloa incumplió su palabra, comunicó a los capuchinos, que naturalmente pusieron trabas para su publicación aduciendo que eran propiedad suya y no hizo la introducción, y por lo que sé, entregó una copia o quizá parte de ella a Pablo Larrañeta, director por entonces de Andalán. ”

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