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Crítica de cine de
Hormigas en la boca

Crítica de Quim Casas (El Periódico)

Director: Mariano Barroso

Interpretes: Eduard Fernández, Ariadna Gil, Jorge Perugorría, José Luis Gómez...

No es la primera vez que un cineasta español acerca su cámara a la realidad cubana, sea la pretérita, la de antes de la revolución castrista o la actual. Reciente esta aún Habana blues, de Benito Zambrano, y antes se estrenaron Cosas que dejé en La Habana (1997), de Manuel Gutiérrez Aragón, y Cuarteto de La Habana (1999), de Fernando Colomo. Eso al margen de que actores de la isla, como Jorge Perugorría, se hayan instalado sin problemas en España.

Perugorría es precisamente uno de los protagonistas de Hormigas en la boca. Incorpora a Freddy Navarro, un auténtico villano, al senador rico y corrupto que se ha lucrado con el Gobierno de Fulgencio Batista. Tiene una hermosa casa con piscina y se escuda en dos matones especializados en quemar con ácido la piel de sus enemigos. Es el antagonista de Martín Losada, el personaje encarnado con el necesario escepticismo por Eduard Fernández. Y entre ellos está Julia, una suerte de mujer fatal interpretada por Ariadna Gil.

El lienzo está impecablemente pintado: Mariano Barroso ha realizado una película de cine negro clásico ambientada en La Habana de 1958 en vez de en Los Ángeles de los años 40. Hay un héroe, un villano, una mujer de moral dudosa, un par de matones, una intriga corrupta, un dinero que recuperar y un amor que recomponer. Y, por supuesto, nada es lo que parece.

Barroso se inclina por la línea más realista del film noir: los personajes sudan como en la secuencia de apertura de El sueño eterno, los gestos heroicos son siempre inútiles y los principios no sirven de nada cuando se trata de una cuestión de supervivencia. Pero también apuesta por el estilo más onírico del género: la primera aparición de Julia en tiempo real recuerda a la de la muerta Gene Tierney en Laura.

Se parece en algunas cosas a Habana, la película de Sydney Pollack: la intriga general y la peripecia sentimental de aquélla también concluyen durante el triunfo de la Revolución, y su protagonista también es un extranjero que sobrevive en un país que no es el suyo.

En Hormigas en la boca hay un pasado que evocar, y atañe a la represiva España de la época franquista. Martín sale de la cárcel en la primera secuencia de la película, y mediante pocos, sintéticos y calculados flashbacks sabemos que militaba en la izquierda más activa, que atracaba bancos y que pertenecía a una célula desmantelada cuando su amante, Julia, desapareció sin dejar rastro.

Ese rastro es lo que recupera el protagonista, y lo que le lleva directamente hasta La Habana. En la capital cubana descubrirá cosas que habría querido no saber. La cámara de Barroso descubre, a través de una minuciosa reconstrucción de la época, una ciudad reconvertida en un decorado perfecto para un relato de cine negro que pretende envolver al espectador a lo largo de toda la historia, más que sorprenderlo o inquietarlo.

En este sentido, Hormigas en la boca quizá sea menos personal que Mi hermano del alma y Éxtasis, los dos primeros largometrajes de Barroso, pero posee algo más que una artesanal convicción.

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