Ocio y Cultura

Espido Freire: "Reivindico mucho el derecho a la mujer contradictoria"

La escritora Espido Freire presentó en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza su último libro, Llamadme Alejandra, con el que obtuvo este año el Premio Azorín 2017 y que va ya por la tercera edición. En él cuenta la historia de la zarina

Laura Latorre. 26/06/2017 - 18:46 h.
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Espido Freire en la librería de El Corte Inglés. Foto: Nuria Soler (El Periódico de Aragón)
Antes de nada, enhorabuena por el Premio Azorín, ¿qué supuso para ti?

En un premio con un jurado externo, como es del Azorín, vas a pecho descubierto, estás sufriendo hasta el último minuto, que es lo que me pasó a mí. La satisfacción fue enorme. Además Alicante no deja de ser un sitio donde he trabajado mucho, en toda la comunidad, pues funcionó muy bien y estuve muy contenta. Fue una entrega de premios espectacular en el Auditorio con la Fura dels Baus y un montón de elementos preciosos. Me lo pasé muy bien esa noche, luego ya a trabajar.

Llama la atención la vida de contrastes que tuvo Alejandra, la protagonista. ¿Por qué decides escribir sobre ella?

Yo no sé si hubiera decidido escribir sobre ella, quizá sí, si no la hubiera descubierto desde niña. Pero como eso fue así y no podemos borrar lo que ya ha sido, lo que tengo que decir es que fue una amiga invisible que me acompañó durante muchos años. Entonces, antes o después quería escribir sobre ella, como es posible que escriba sobre otros personajes históricos. Ya había escrito varios artículos, pasó también con Teresa de Jesús que comencé desde pequeñita a conocer mejor su historia y acabó siendo un ensayo biográfico. Entonces, de una manera o de otra, quería hablar de estos contrastes y de esta mujer tan uniformemente considerada como mala y que yo, sin embargo, veía de una forma completamente diferente. La veía vulnerable, asustada, bajo una presión enorme. No era la perversa y fría mantis religiosa que a mi me describían otros.

¿Cómo fue su relación con personajes como la Emperatriz Sissi o Rasputín?

La de Rasputin fue una relación de amistad y confianza por parte de ella muy relevante. Alejandra no se abría a muchas personas, primero por su propio carácter y después porque era consciente de que ella era la zarina y podían acceder a ella por caminos distintos. Pero cuando dabas con la clave (y había dos o tres claves que eran básicas: la música, la compasión por el dolor y el misticismo) se entregaba sin reservas, de una manera incluso un poco invasiva. Rasputin entendió rápidamente su psicología y, además dio con una clave que era que la tranquilizaba y le inspiraba confianza a ella y a su niño enfermo. Entonces fue una de las relaciones, cortas porque aparece en los últimos años de su vida, pero más importantes de Alejandra. La de Sissi fue mucho más anecdótica. Yo imagino ese encuentro en Viena en la época que yo describo, con otro personaje fascinante y conociendo a Alejandra me permito inventar ese encuentro.

La novela está narrada en primera persona, ¿cómo te metes en su piel?

Leyendo mucho sobre ella y de ella. Hay un momento en el que las cartas, la correspondencia, incluso relatos de cómo ella se expresaba, llegaron a mis manos y estuve leyéndolos y empapándome de ella. Ella era muy exaltada, muy intensa, muy concienzuda y se tomaba muy en serio a sí misma. Claro, hay momentos en que te agobias. No es un proceso como preparar un papel para una actuación pero no hay una gran diferencia entre una cosa y otra. De pronto, descubrirte pensando como ella te das cuenta de que te encierra en una mentalidad muy pequeñita, en una cápsula muy opresiva.

Hoy en día, ¿se habría considerado que tuviera una fobia social?

Muy posiblemente. Posiblemente algunas de las extravagancias de la zarina ahora se entenderían mucho mejor y probablemente le hubieran recomendado un mínimo de terapia para aceptar duelos. Cuando murió su madre, de muy chiquitita, ella se encerró en una tristeza enorme y eso posiblemente en un niño ahora no lo toleraríamos. Después, cuando cambió a otro país, con otro idioma y otra religión, posiblemente ahora le habrían acompañado de otra manera y en su momento no. Luego cuando descubre algo tan terrible como que es madre de un niño enfermo, ahora en los últimos años ya sabemos que toda la familia, en particular la madre, tiene que tener acompañamiento psicológico y ella fue a pelo y encima en silencio. Era secreto de Estado que el niño estuviera enfermo, nadie fuera de su círculo íntimo lo sabía.

Se convirtió a la Iglesia ortodoxa, ¿le ayudo eso a sobrellevar su vida?

Sí. Ella era una mujer religiosa, lo cual era habitual en la época, y pasó de la religión luterana en la que se había educado, a una religión mucho más rica en todos los sentidos como es la ortodoxa. Está llena de iconos, está llena de color, de ritos, de incienso, en ese sentido cercana a la católica. Ella quedó deslumbrada además había dos figuras de las que carecía en su propia iglesia: la de la Virgen, la madre como tal, y la de los santos. Eso da también mucho pie a supersticiones que tenemos en la católica. Entonces ella cayó en eso con todo el equipo, le encantó. Hubo un momento en el que necesitaba la fe, cuando estaba ya encerrada en la última casa una de las cosas de las que se quejaba más amargamente es de que no les permitían ir a la Iglesia. Era un momento en el que podía escaparse un poco de su mundo.

¿Qué tiene la novela histórica para que tenga tanto tirón últimamente?

Llevamos ya años. El debate de la novela histórica, cuando yo comencé a escribir estaba ya establecido, es posible que lleve 15, 20 años. ¿Por qué? Primero porque es una forma de exotismo: en lugar de viajar a otro país, viajas en el tiempo. Después, porque de la novela histórica casi todos sabemos algo, no nos lanzamos a un tema por casualidad, sino porque tenemos una afinidad, nos gusta esa época o ese autor. Tenemos un apoyo. Después porque ahora mismo hay una gran variedad y riqueza de autores de novela histórica. Y a mayor riqueza, mayor posibilidad de encontrar cosas que nos gusten. Yo recuerdo que una de las primeras novelas históricas que me deslumbró fue la de Robert Graves, Yo Claudio, primero la conocí por la serie y cuando supe que había una novela fui corriendo a leerla, yo era una cría. Pero otra novela en las antípodas, como Ivanhoe, un siglo anterior, también me gustó. Una te hablaba de la época romana con un cuidadísimo retrato psicológico y la otra era amor, caballería. Las dos cosas funcionaban. Yo creo que en la novela histórica pueden darse ambos mundos con una flexibilidad que quizá en una novela más costumbrista nos choca.

Desde que publicaste tus ensayos sobre bulimia y la anorexia (Cuando comer era un infierno y Quería volar) ¿cómo ha cambiado la comprensión de estas enfermedades en la sociedad?

La enfermedad, según los psiquiatras, cambia ligeramente a lo largo de los últimos años: hay menos casos de anorexia restrictiva, que antes eran muy conocidos, y hay más casos de anorexia purgativa o de casos purgativos. También ha aumentado la automutilación, la manera de herirse para expresar y para calmar un dolor interior. Eso desde el punto de vista de la enfermedad, que son los psiquiatras los que tienen que definirlo. Desde el punto de vista de la comunicación, que es lo que yo controlo mejor, son los mismos perros con distintas correas. Es decir, si antes esa imagen se transmitía a través de las revistas impresas, ahora llega al móvil. La imaginación de las personas enfermas para llegar y girar un punto más no tiene límites. Lo que me impulsó a escribir Cuando comer es un infierno fue precisamente descubrir páginas webs proanorexia, ¿dónde quedan ya esas páginas? Entonces, ha cambiado: hay más conocimiento, tratamientos más efectivos, se conoce mucho mejor la enfermedad y hay conciencia de la enfermedad. Hace 20 años no se conocía. Cuando yo estuve enferma, hace 25, menos aun. ¿Qué sigue siendo un problema? Que no se habla de emociones sino que se habla del cuerpo y esta no es una enfermedad del cuerpo, se manifiesta con el cuerpo pero es una enfermedad de emociones; que la presión que se ejerce sobre la mujer en todos los aspectos, incluido el físico, no ha variado, por lo tanto sigue habiendo enfermas y que sigue siendo un pequeño tabú. No tan gran tabú como antes pero sí un pequeño tabú, como si fuera culpa de la enferma o de la familia, en lugar de abordarlo de una manera más natural.

¿Alguna vez has recibido algún comentario en las redes sociales relacionado con tu aspecto físico?

Conmigo no suele haber ese tipo de comentarios porque tengo seguidores extremadamente respetuosos pero en alguna ocasión sí que he tenido algún comentario fuera de lugar sobre mi aspecto fisico. La mayor parte de las veces es un gesto de cariño, si subes una foto y te dicen "qué guapa", ¿cómo vas a despreciar eso? Es extremadamente raro que reciba comentarios negativos. Pero sé que en mi caso atraigo a un tipo de gente muy concienciada en ese terreno. Sin embargo, las instagramers, bloggers e influencers, que son chicas muy jovenes y son al mismo tiempo referentes y a la vez sujetos de diferentes presiones, reciben todo un bombardeo, en ocasiones es excesiva la crítica y la exposición. Además nunca hay límite a la exigencia que se le pone al cuerpo de la mujer. He encontrado auténticas bellezas con cuerpos que entran dentro del canon perfecto y les sacan comentarios y defectos ridículos de mala intención y eso no debería tolerarse en ningún caso.

Reivindicas siempre el papel de la mujer dentro y fuera de la narrativa, ¿en el mundo literario hay tantas exigencias hacia la mujer como en otros ámbitos profesionales o artísticos?

Hay tantas pero no son las mismas. No hay un mundo ahora en el que todavía la mujer haya adquirido un nivel de igualdad total, en ninguno, pero cada uno de los sectores y de los oficios tiene sus propias exigencias. Yo como siempre he reivindicado el hecho de que tengamos presencia y que las mujeres no solo seamos, en mi caso, una palabra o una historia sino también un cuerpo y una mirada, hay una gente que lo ha entendido rápidamente y ha entrado en ello y hay gente que no. No tiene tampoco por qué entenderlo. Por otro lado, yo siempre he trabajado desde mis inicios en comunicación y en publicidad. Es una opción en la cual se pueden trabajar temas muy bien. La publicidad es básica ahora en muchos terrenos, entonces ¿por qué no entrar también como escritora en ese campo? Por un lado, por trabajar en ello por una cuestión puramente económica y creativa, y por otro lado para entender mejor qué hay detrás. Es fácil criticar sin saber qué industrias están detrás. A la hora de hablar de estos temas es importante saber de diseño, de fotografía, ver qué intención hay detrás de una imagen determinada, saber historia del arte. No es tan sencillo a la hora de acercarnos a este tema como podría parecer en un primer momento. La banalidad debería estar muy ausente.

Hoy en día hay quien dice, incluso mujeres, que ya no es necesario el feminismo. ¿Por qué crees que el término está tan denostado?

Porque tendemos de manera natural a ponernos en el bando de los ganadores. Entonces ha habido una situación de descrédito acerca de las posturas feministas durante muchos años. Me da igual de lo que se hable siempre que se hable de la igualdad entre hombres y mujeres, punto. Es decir, es uno de los principios de la democracia. Alguna vez he dicho que quien dice que no es feminista no sabe lo que está diciendo, no pasa nada, hay que seguir enseñando y aprendiendo cosas. La manera en la que mujeres de 20 años se enfrentan ahora a la realidad no es la misma que cuando yo tenía 20 años, tampoco mi realidad es la misma que la suya. Cada una en su parcela tiene que aportar algo. Mientras se aporte todo está bien, incluso el debate es bueno. El que haya una discusión indica que el tema está activo y si está activo siempre se puede avanzar. El problema es que hace 5 años con la crisis teníamos otro tipo de preocupaciones y ahora se ha vuelto a reactivar, fantástico. Porque muchas mujeres perdieron su trabajo, muchas tuvieron que plantearse la idea de la fertilidad, muchas mujeres sintieron una profunda pérdida de autoestima y eso es genérico, no tiene que ver con el común de la población sino que muy en concreto hay unas necesidades femeninas que han pasado inadvertidas y que yo creo que es interesante que se vuelvan a poner en primera fila. Somos las encargadas, generalmente, de la crianza, somos las responsables de mucho cuidado íntimo (relacionado con enfermos, mayores, compañeros varones), por lo tanto es importante que la cuidadora y la educadora esté bien. Es importante que la madre, la hermana de un grupo de hermanos se sienta reforzada y se sienta bien. Todo el mundo se beneficiaría de ello, salvo que lo que deseemos sea mantener posturas de poder y de sumisión o posturas cómodas.

Posturas que no impliquen cambio...

Que no impliquen cambio ni reflexión y la reflexión no es fácil. Las propias mujeres muchas veces estamos inmersas en un bucle complicado de culpa, de reivindicación, de contradicciones. Yo reivindico mucho el derecho a la mujer contradictoria, parece que si una vez has opinado algo eso lo tengas que continuar opinando toda la vida y no es cierto. La madurez no es eso. Por otro lado, los defectos en las mujeres me interesan mucho. No tenemos que ser perfectas en ningún sentido. Se puede ser vanidosa, no pasa nada. Se puede ser envidiosa, no pasa nada. A los varones se les permite. Nos hemos ganado el derecho a la imperfección.

Creaste tu propia escuela literaria, siempre has defendido que haya formación para los escritores.

Yo la escuela la monté como un concepto filosófico. Lo que defendía era la necesidad, en algunos casos, de formación. Por muchas razones, entre ellas la posibilidad de profesionalizar el tema literario. Hay gente que considera lo contrario, que la literatura siempre tiene que ser un hobby o algo de lo que el escritor no consiga provecho y así mantener cierta pureza estética. Es una opción, yo no creo en ella y me parece además que no son incompatibles, que si se puede elegir, siempre puedes optar por una o por otra. Yo soy escritora profesional desde el año que viene hará 20 años, me ha costado mucho salir adelante, no porque no haya tenido éxito sino porque esta es una sociedad con altibajos económicos y la cultura es lo más sensible, lo más fácilmente recortable. Entonces contar con una estabilidad mayor en el mundo cultural haría que determinadas propuestas no rentables pudieran ver la luz y permitiría también un tejido cultural y un tejido literario del que en estos momentos carecemos. Va por ahí mi reivindicación. No intento imponer un punto de vista pero sí me parece que es compatible con muchos otros. El caso de la música me parece particularmente reseñable: siempre puedes aprender a tocar de oído la guitarra, pero si necesitas un título y luego dar clases particulares o sacar unas oposiciones y necesitas demostrar que has dado tantos años de clases de música, lo tienes. En literatura no.

Para acabar, ¿cómo recibió Espido Freire la noticia de que Literatura Universal ya no va a estar entre las asignaturas optativas de Segundo de Bachillerato?

Ah bueno sí, era obvio, ¿no? Sobre lo que no puedo hacer nada prefiero no opinar y actuar. Entonces yo creo que es un descalabro absoluto, es una muy mala decisión que nos lleva otra vez hacia la idea de la educación como una máquina de rentabilización de personas. Hay que ofrecer estrategias que sean alternativas, a lo mejor se consiguen en la educación privada o con actividades extraescolares, de alguna manera se tendrá que compensar.

Laura Latorre es graduada en Periodismo por la Universidad de Zaragoza. Ha trabajado en la sección de Cultura de El Periódico de Aragón y ahora colabora en RedAragón y en Zero Grados. Se define como lectora y escritora vocacional y melómana

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