Trébede   Artículos del mes.
   Junio de 1999

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Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura.

 
Una ruta Jacobea en alza
-A Santiago por el Ebro- Artículo Completo!!

Las peregrinaciones a Santiago de Compostela durante la Edad Media y Moderna fueron un nexo de unión entre los europeos que compartieron caminos e ideales en torno a la tumba del apóstol. De todo el continente partían peregrinos hacia Galicia utilizando "cualquier camino" como recoge Antonio Ubieto en su libro Los Caminos de Santiago en Aragón (1993). De hecho fueron tantas vías como posibilidades ofrecían las calzadas romanas. En Aragón, que no en España, es conocido el "camino francés" (o ruta pirenaica por el Somport) que hace algunos años documentaron y revitalizaron los profesores Lacarra, Vázquez de Parga y Uría. Pero en Aragón hay, además, otras rutas apenas conocidas en la actualidad que también sirvieron de importante vía hacia Santiago: para los mediterráneos el cauce del río Ebro fue otra forma de peregrinación en la Baja Edad Media A la luz de los datos documentales existentes para la Edad Media, no es sensato dudar de la importancia de las visitas a la iglesia de Santa María de Zaragoza, también conocida como Santa María del Pilar a partir de 1299. Parece razonable plantear que durante el reinado de al-Muqtádir, segunda mitad del siglo XI, había peregrinaciones a Santa María de Zaragoza, pues el abad del monasterio francés de Cluny, Hugo, fue informado por un peregrino que el rey de la taifa zaragozana tenía buena disposición con los cristianos (J.L. Corral, 1997).

A partir del siglo XII se dio un importante peregrinaje al claustro románico del Pilar de Zaragoza para venerar a la Virgen y a Santiago y los Convertidos. Es sabido que cuando el peregrino se dirigía hacia la tumba del apóstol, aprovechaba la ocasión para visitar los santuarios más renombrados, bien fuese por su devoción a las imágenes milagrosas o por las reliquias insignes, tal era el caso del culto a Santa María en su iglesia de Zaragoza, conocido documentalmente desde el siglo IX y reconocida como "iglesia prevalente por su antigua nombradía de santidad y dignidad" en 1128 (Epístola: "Universis mundi Ecclesiae Fidelibus" dirigida por D. Pedro de Librana, obispo de Zaragoza). No creemos necesario insistir en la iconografía santiaguista de Nª Sª del Pilar expresada en la "Venida de la Virgen a Zaragoza y su Aparición a Santiago y los siete convertidos a orillas del Ebro", hecho relatado en los últimos folios del códice titulado Moralia in Job, de San Gregorio Magno, de finales del siglo XIII y conservado en el Archivo de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Es posible que una copia de este texto fuese expuesta durante la Edad Media en el claustro de la Santa Capilla para su cómoda lectura por los peregrinos. Así lo vio Lupercio B. Argensola en 1599 "como se lee en su relación que tienen vuestras mercedes en el claustro" (Lasabagaster, 1999). También parece importante citar aquí el hecho, menos conocido, de la presencia de al menos "Cinco Hospitales de Peregrinos" en Zaragoza en la Baja Edad Media, algunos documentados en la primera mitad del siglo XII. Sabemos que muchos de los pueblos de la ruta jacobea contaban con hospitales para pobres y/o peregrinos.

Por las referencias documentales publicadas se puede afirmar con seguridad que, tras la reconquista, los peregrinos hacia Santiago provinientes del ámbito del mar Mediterráneo realizaron su viaje por vía marítima y no por tierra (griegos, italianos, del levante español y de Baleares). Algo de todo esto ya lo expuso en la primera mitad del siglo XII el propio Aymerid Picaud en su famoso texto de la "Guía del Peregrino" incluido en el Códice Calixtino. Es una lástima, e injusto, que estos datos hayan pasado desapercibidos para los estudiosos modernos centrados hasta la fecha en "el camino francés", aunque en realidad ese era el propio objetivo propagandístico de Picaud enviado por la abadía de Cluny, es decir, servir a los intereses del monasterio francés. No es admisible, por tanto, aceptar la vía francesa como única para las peregrinaciones a Santiago de Compostela. No hay que olvidar tampoco que las vías se irían ampliando conforme avanzasen la reconquista cristiana en España, como la del valle del Ebro a mediados del siglo XII.

Por tanto, hay que hablar de distintas vías utilizadas según los lugares de procedencia. Volviendo al mundo mediterráneo, algunos romeros desembarcarían en Barcelona para seguir la vía terrestre por Lérida hasta el Burgo de Ebro y por el cauce del río a Zaragoza, punto de referencia en las peregrinaciones a Santiago y parada obligada en una peregrinación por el Ebro, y desde aquí por el cauce del río a Logroño, tal y como dejó escrito A. Picaud, y de forma más o menos aproximada recogía en 1648 el mapa francés "Carte des Chemins de S. Jacques de Compostelle, 1648"; otros peregrinos entrarían con bajeles por el Delta del Ebro a Tortosa donde permanece el Portal del Romero, de época bajo medieval, para seguir por el Ebro hasta Zaragoza y por Utebo-Alagón-Tudela y Calahorra llegar a Logroño, punto de unión con el "camino francés" (A. Picaud).

El Camino del Ebro

Sin duda, el Ebro fue durante la Edad Media una importante vía de comunicación y de peregrinaje que habrá que ir documentando. Carreras Candi, que ha consultado documentación del siglo XV existente en Tortosa, nos dice que era muy intenso el comercio por el río y continua la circulación de los bajeles tortosinos y zaragozanos. Va a ser la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador, (1118), lo que impulse en la Baja Edad Media la devoción a Santa María y a Santiago. La toma de la ciudad a los musulmanes y la cristianización de su espacio coincide con el ideal de cruzada y de peregrinación que apoyaban en Europa papas y reyes, nobles y monasterios. Entre los elevados ideales e intereses del rey Alfonso estaba la conquista de los territorios musulmanes, ligada al sentido de cruzada y su repoblamiento, y la peregrinación a Santiago y a Jerusalén, siendo necesario para ello la conquista del valle y del río Ebro, navegable, a fin de facilitar las comunicaciones. De ese enfrentamiento es testigo el cantar de gesta del Mio Cid a mitad del siglo XII. Los versos suscriben los respectivos gritos de guerra:
Los moros llaman -¡Mafómat!-
e los cristianos, -¡Santi Yagüe-

De su devoción a Santa María y de los intereses políticos de la corona aragonesa dan fe el hecho de que el vizconde Gastón IV de Bearn, apelado "el Cruzado" porque había participado en la expedición de la Primera Cruzada a Jerusalén (1096-99). El bearnés, amigo del Batallador, colaborador en la toma de Zaragoza, pertenecía al círculo íntimo de la corte pues estaba casado con una prima del rey aragonés, doña Talesa. Amasó nombramientos y fortuna: era "protector" del Hospital de Santa Cristina de Somport, controlando, por tanto, la ruta más importante del Camino Francés en Aragón y también "señor de Uncastillo" y "señor de Zaragoza" (1119-1130) tras la reconquista de la ciudad; como tal ejerció el derecho de patronazgo sobre la iglesia de Santa María, nombramiento que siguió ejerciendo su hijo Céntulo y la viuda de Gastón, la poderosa y enérgica doña Talesa. En 1142, Talesa suplicó a Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón por esas fechas, el reconocimiento de la fundación de la Colegiata de Santa María y su gobierno a la orden de canónigos regulares de San Agustín. Además, Gastón de Bearn había sido enterrado en la iglesia de Santa María (1130) y como permanencia de su memoria contamos con su propio olifante de marfil (o cuerno de llamada a la caza), espléndida pieza artística de taller bizantino, expuesta en la actualidad en el Museo Pilarista de la basílica zaragozana..

No es casualidad que, conquistada Zaragoza a los musulmanes, renaciese con poderoso brío la devoción y culto a Santa María y que se edificase una parroquia a Santiago apóstol. Tomada la ciudad, bajo el mandato del primer obispo de Zaragoza, el bearnés don Pedro de Librana (1119-1128), se levantó la iglesia románica de San Jaime o Santiago, documentándose desde 1121 el barrio e iglesia de "Sant Jayme". Estaba emplazada en el cruce de las actuales calles de D. Jaime con Santiago, donde ahora se sitúa un relieve neogótico de "Santiago Matamoros", evocándonos el primitivo templo. Interesantes actos ciudadanos tenían lugar en su entorno: "en su pórtico se reunía el vecindario, convocado al toque de su campana, cuando se declaraba el 'Privilegio de los Veinte', verdadera patente de corso del concejo zaragozano medieval, o bien para prestarse a la defensa si amenazaban algún peligro exterior. En el siglo XIV se administraba la justicia en su atrio. Posiblemente alternaba con el fosar de Santa María la Mayor para las reuniones del concejo, antes de construirse las Casas del Puente" (M. I. Falcón Pérez, 1997).

Paralelamente a la construcción del templo de Santiago, el obispo don Pedro de Librana planteó la reconstrucción de la iglesia de Santa María, dirigiendo para ello la importante epístola-encíclica ya citada, Universis Mundi Ecclesiae Fidelibus. Del texto se deduce el culto ininterrumpido, día y noche, mantenido por los clérigos y el sentido de peregrinación; también se prometían indulgencias en conformidad a la cuantía de las limosnas y de sus buenas obras: "ŠDe antaño sabéis que esta iglesia es prevalente, antecede a todas por su bienaventurada y antigua nombradía de santidad y dignidadŠ Sin embargo, debo daros a conocer que ahora, como consecuencia de la triste cautividad anterior, carece de todo lo necesario. Sabed que se halla en estado ruinoso por la falta de reparaciones durante el largo cautiverio y que carece de todo. No se cuenta con medios para restaurar sus destrozados muros y reponer los ornamentosŠ Acudimos, pues, suplicantes a vuestra benevolencia a fin de que, si corporalmente no la podéis visitar, al menos la visitéis con la generosa oblación de vuestras limosnas..." (Lasabagaster, 1988. Archivo del Pilar). Un ilustre peregrino del siglo XII, 1155, fue el rey Luis VII de Francia, cruzado en Jerusalén y divorciado de la poderosísima Leonor de Aquitania. El rey Luis que volvía de su peregrinación a Santiago de Compostela por la ruta del Ebro, camino de París, visitó el santuario mariano de Zaragoza. Siglos más tarde, entre las viajeras importantes, alcanzó fama la peregrinación de Doña Blanca, reina de Navarra, en su recorrido desde Pamplona a Zaragoza. Hizo el viaje con su corte, escolta y familia en julio de 1433, como consecuencia de un voto contraído al haber superado a los 48 años, por intercesión de Santa María del Pilar, una gravísima enfermedad, pues estuvo como muerta durante tres horas. Partiendo del mecenazgo de la reina a favor de la Santa Capilla, realmente importante, nos interesa resaltar dos hechos: sus criados y el equipaje hicieron el viaje desde Tudela por el río Ebro, lo que vuelve a confirmar a lo largo de los siglos la importancia del Ebro como medio de comunicación.

La «huella» del Apóstol

Un importante documento conservado en el archivo de la Catedral es el "Salvoconducto de los jurados de la ciudad de Zaragoza de 1299", en el que por primera vez se nombra al santuario como iglesia de Santa María del Pilar. Fue concedido como salvoconducto para los peregrinos o romeros que transitaban por la ciudad con el objetivo de protegerlos de los continuos robos, otorgándoles seguridad sobre sus personas y bienes: "Špor las presentes seguramos todas et cada unas personas venientes en romería ho peregrinaje a la Glesia de Santa María et portantes seynal de aquél. Así que (ni) ellos ni las conpanyas et bienes que trejeran non sian peinorados ni marchados por algun vecino de la ciudad devenida, estada, et tornada". (Lasabagaster, 1988. Archivo del Pilar).

La propia leyenda de Santiago, unida indisolublemente a la ciudad de Zaragoza, propicia las peregrinaciones a la tumba del santo que se incrementan a la vez que crece la devoción a la Virgen. Pruebas materiales evidentes quedan incluso en una época tan avanzada como los siglos XVII y XVIII. En 1644 el príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV, donó mil seiscientos ducados para sustituir la barandilla que rodeaba el recinto sagrado: "Al abrir las Zanjas se encontraron muchas conchas, y bordones de piedra, insignias propias de Santiago...que se tienen por testimonio de haber estado Santiago en el lugar" (M. V. Aramburu de la Cruz, 1766). El propio Aramburu fue testigo de las obras de la actual Santa Capilla y cómo abiertas las primeras zanjas el 7 de noviembre de 1754 "en las cuales también se hallaron algunas conchas o veneras, que he visto, como las que se encontraron en el año 1644 cuando se fijó la barandilla de plata...". Aunque la documentación zaragozana referida al tema de la navegación por el río Ebro se ha perdido casi en su totalidad, quedan las Ordenanzas de las Cofradías que intervenían en todos los asuntos tocantes al río. Según las doctoras Isabel Falcón y María Luisa Ledesma que las estudiaron en su libro Zaragoza en la Baja Edad Media, la "Cofradía de Santa María de Predicadores de Zaragoza, conocida por "los Mercaderes", fue autorizada por Jaime I en 1264. Esta cofradía, además de intervenir en los casos de pleitos comerciales, se encargaba de todo lo relacionado con la navegación por el Ebro: Sus aguas eran patrimonio de la Corona y por tanto sólo el rey podía dar autorización para la construcción de presas y azudes. Esta autorización debió de darse en pocas ocasiones, para construcciones menores, a fin de que no estorbaran la navegación. Primaba, por tanto, el interés por la navegación sobre los de pescadores y agricultores. Todavía en 1458, Juan II confirma estas ordenanzas. Bajo la advocación de San Nicolás de Bari, también existía en la ciudad (siglo XIII) una cofradía de arraeces, peritos o patronos de barcos de río. Dos representantes de cada una de las citadas cofradías entendían de los litigios surgidos en la navegación en relación con los puertos fluviales, azudes, márgenes, presas, etc. De los puertos fluviales destacaban el de Zaragoza y Mequinenza. La competencia de las cofradías fue ratificada por los reyes de Aragón en numerosas ocasiones, regulándose así la intensa navegación por el río entre Navarra, Aragón y Cataluña.

Los Centros hospitalarios

La habitual venida de peregrinos a Zaragoza ha dejado su huella en la documentación medieval que aún está por investigar y de la que sólo vamos a plantear algunas pinceladas, aunque creemos muy significativas, en nuestro propósito de demostrar la realidad histórica de las peregrinaciones a Santiago de Compostela en relación con el cauce del Ebro y Zaragoza. Hay pruebas de que la administración de la ciudad tuvo que hacer frente al fenómeno de las peregrinaciones, especialmente a las situaciones de carencia o enfermedad que a su paso por la ciudad podían sufrir los peregrinos. La ciudad y los propios ciudadanos crearon una serie de hospitales y albergues para socorrer a estos viajeros. Pascual Madoz, Mª Isabel Falcón y Daniel Lasabagaster, y otros autores, citan centros hospitalarios y de acogida desde el siglo XII hasta el XIX. La abundante nómina de centros de asistencia para peregrinos, cinco en Zaragoza, puede dar idea de la importancia de la devoción popular que tenía el Camino de Santiago a su paso por la ciudad. Están documentados: Hospital de Santa María "para albergue y refugio de los peregrinos que venían a visitar a la Iglesia de Santa Mayor de Zaragoza y su capilla del Pilar". Proveía las "camas de paja" el limosnero de los canónigos de San Agustín. Está documentado su existencia desde 1143, pues Pelagio de Couca y su mujer, Endregoto, dejaron en su testamento una bodega y un trujal para este hospital de peregrinos; en 1177 Columba y su hija María también testaban a su favor una heredad, una casa en Alfindén y una viña en Arranellas (Lasabagaster,1988. Archivo del Pilar). A mediados del siglo XIV, 1358, el ajuar del hospital se había mejorado notablemente: contaba con "treinta camas de buena y suficiente ropa", pasándose a llamar Hospital de Santa María del Conde de Luna por dotarlo don Lope de Luna "para albergue y refugio de peregrinos" (M.C. Lacarra, 1996). Se mantuvo abierto hasta el siglo XVII, desapareciendo con la construcción del nuevo templo barroco.
El Hospital de la Seo fue fundado en el año de 1152 delante de la iglesia, en un patio que dejó para este fin doña Hodierna, viuda de Pedro Lafuente. En el siglo XV se dedicaba a albergue de peregrinos. Hospital de Santa Marta. Fundado en el año 1305 o 1315, cerca de la Seo, por el maestre Guillermo Fuerte, médico zaragozano. Lo estableció en su domicilio, actual plaza de Santa Marta, cuyo nombre evoca el antiguo establecimiento: "con 12 camas para peregrinos que pasaran por Zaragoza camino de Compostela" y en su defecto para pobres. Hospital en la Plaza del Carmen para peregrinos. Se construyó hacia 1466 en una casa de los carmelitas calzados, llamada ermita de Santa Elena después de la Iluminación del Cuerpo de Cristo y finalmente, de las Santas Justa y Rufina. Estuvo encomendado al Monasterio del Carmen y su finalidad era a coger por tres noches a los peregrinos que venían a la ciudad "dándoles lo necesario". En 1817 se transformó en Hospital de Convalecientes. Hospital junto a la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo para peregrinos y pobres. Existía en el siglo XV.
Reflejo visual de las peregrinaciones nos queda en las tres sargas de Nuestra Señora del Pilar, fechadas en 1490 obra de autor anónimo identificado como el Maestro de Luesia (María del Carmen Lacarra). En una de ellas aparecen cuatro escenas alusivas a la presencia de Santiago en Hispania, resaltando la llegada del apóstol y su discípulo Torcuato, vestidos de peregrinos, a la ciudad de Zaragoza, identificada por el nombre escrito -Çaragoça- en el arco de una de las antiguas puertas del recinto amurallado de la ciudad, la denominada Puerta de Toledo. En el lienzo de mayor tamaño está pintada la venida de la Virgen a Zaragoza. En la tercera se representan cuatro milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen (milagros recogidos en un documento de 1484; archivo del Pilar), el de mayor interés para las peregrinaciones y su vinculación con el río Ebro como vía de comunicación, es el ocurrido a unos mercaderes de Mallorca que encuentran en la Santa Capilla de Santa María del Pilar de Zaragoza a un hijo suyo de cinco años que había caído al mar cuando venían de peregrinación hasta la ciudad para dar gracias por su nacimiento. No puede aparecer más claramente mostrada la existencia de las peregrinaciones por mar hasta la península y la llegada a la ciudad por el río.

Revitalizar el Camino

Será necesario acotar el sentido del peregrinaje a lo largo de los siglos, pero no cabe duda que el peregrinaje a la Santa Capilla, a adorar a la Virgen y su sagrada reliquia y al apóstol Santiago, y su vinculación a Santiago de Compostela, fue una realidad en la Edad Media, desde la propia conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, hasta la Edad Moderna. En la actualidad, desde diciembre de 1997 en que se creó la Comisión Permanente del Camino Jacobeo del Ebro en Aragón, esta comisión trata de impulsar la revitalización del camino medieval por el río Ebro, señalizado por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza en el periodo de 1997 a 1998. Con este fin se está elaborando una Guía del Camino Jacobeo del Ebro en la que colaboran estudiantes universitarios de Historia del Arte y que pronto saldrá publicada pues en ese empeño nos hallamos. En la serie de actividades realizadas, destacaremos que en el mes de abril se ha fallado el concurso Premio de Investigación sobre el Camino del Ebro, convocado por la Comisión, a favor del investigador Manuel Serrano que ha elaborado un excelente trabajo relacionado con datos documentales sobre "Alagón y las peregrinaciones a Santiago". Los datos por él aportados para la Edad Media y Moderna confirman el fenómeno de las peregrinaciones. Finalmente, la Comisión Permanente del Camino Jacobeo del Ebro agradece a los artistas Ángel Tomás del Río y José Luis Martínez Ferrer las ochenta y dos obras entre acuarelas, dibujos a tinta y lápices de colores que de forma espontánea y altruistamente crearon de todo el camino aragonés en julio de 1998 -"Šde Fabara a Mallén a pie"-, interesantes paisajes y vistas de poblaciones con detalles de monumentos que actualmente se exponen en Casa Barberán de Caspe, bajo el auspicio del Ayuntamiento caspolino. Esperamos que este trabajo sirva para impulsar el camino porque pruebas las hay, como habrá comprobado el lector. Lo que hace falta ahora es rastrear la historiografía y "bucear" por los archivos, siendo el Archivo del Pilar una fuente documental importantísima. Sería deseable que "algunos incrédulos", porque los hay en el Camino de Santiago, olvidasen sus iniciales prevenciones y se sumasen al esfuerzo colectivo de la Comisión Permanente del Camino Jacobeo del Ebro. También la universidad y sus investigadores deberían colaborar en esta búsqueda de identidad colectiva. Aragón, sus gentes, sus pueblos y su patrimonio lo necesitan.

Mª Antonia Antoranz, Belén Boloqui y Carmen Morte (Apudepa)

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