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7. La estepa en Aragón

Un paisaje diferente

Paramera de Pozondón.
Mantis religiosa.
Plana María de Huerva.
Primavera en Valdehurón, en las cercanías de Calatayud.
Saso de Osera.
La Lomaza de Belchite.
Sisallo (Salsola vermiculata).
Aunque poseen rasgos peculiares y distintivos en cada zona, todas las estepas del mundo se caracterizan por su relieve llano o suavemente ondulado, temperaturas extremas, precipitaciones escasas e irregulares, y una vegetación arbustiva o herbácea bien adaptada que sirve de sustento a numerosos organismos, principalmente de hábitos terrestres. Estos ecosistemas se encuentran bien representados en los cinco continentes, ocupando generalmente regiones interiores o privadas de la influencia marina. En todas ellas vive el hombre desde tiempo inmemorial, desarrollando una cultura propia y formas de vida muy austeras.
A pesar de su aparente simplicidad, las estepas no son uniformes y encierran una gran biodiversidad, con una flora y fauna de gran interés y numerosas especies endémicas o exclusivas de ciertos ambientes y localidades. Son muy vulnerables a las graves alteraciones provocadas por el hombre, sobre todo en épocas recientes, por lo que sus animales y vegetales se encuentran entre los más amenazados de extinción en todo el planeta.
Las estepas de Aragón son representativas de este ecosistema en el valle del Ebro y, según se desprende de los últimos estudios realizados a partir del polen fosilizado, su distribución actual en la mayor parte de Aragón, así como en algunas zonas del Sureste Peninsular, ha permanecido constante al menos durante los últimos dos millones de años, desde el final del periodo Mioceno (Era Terciaria), por lo que puede considerarse el paisaje más antiguo de nuestra región.
En España también hay actualmente otras zonas esteparias, como las dehesas abiertas, campiñas y llanuras cerealistas de Andalucía, Extremadura y Castilla, con interesantes poblaciones de aves esteparias, aunque en muchos casos se trata de bosques y matorral mediterráneos que fueron transformados progresivamente en pastizales o campos de cultivo.
Otro caso peculiar son los páramos de la Cordillera Ibérica, un paisaje resultante de la destrucción de antiguos sabinares y carrascales que, al situarse sobre rocas calizas a 1.000 m de altitud, está sometido a un clima muy riguroso que impide la regeneración natural del bosque. Las parameras turolenses ocupan extensas zonas y poseen hoy un gran valor científico, cultural y paisajístico.
Un relieve cambiante
El clima mediterráneo continental y semiárido, predominante en las zonas esteparias del valle del Ebro, actúa desigualmente sobre los yesos, margas, calizas y arcillas que constituyen estos terrenos, favoreciendo el desarrollo de ciertas formas de erosión características. De este modo, intensas lluvias ocasionales socavan las arcillas y margas formando profundos surcos y barrancos, o arrastran rocas y barro en láminas de agua que discurren por las suaves pendientes. El fuerte viento (Cierzo) también excava pequeñas depresiones alargadas en la dirección dominante, y socava la base de promontorios rocosos. Incluso el intenso frío invernal contribuye a fragmentar las rocas, al congelarse el agua que pudiera impregnar su interior.
Así, las zonas de roca caliza, más duras y resistentes a la erosión, forman relieves más elevados, de cima plana, denominados "muelas", mientras que las vaguadas que descienden de ellas se rellenan de fino limo formando fértiles "vales" de fondo plano. El agua de lluvia disuelve las abundantes sales de estos terrenos, acumulándose en zonas llanas u hondonadas dando origen a las "saladas", lagunas estacionales de agua salobre.

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